¿Cuento o relato?

Una de esas preguntas que aparecen una y otra vez en taller. A modo de respuesta, algunas pistas y una sospecha: tal vez la escritura, en ciertas instancias, necesite menos definiciones.

Alguien, de pronto, levanta la mano y, con el ceño apenas fruncido, dice:Facundo, ¿esto es un cuento o un relato?Es una de esas preguntas que, cada tanto, aparecen en los talleres que coordino.Una pregunta cuya respuesta no es compleja, pero tiene sus matices.
El cuento suele asociarse con una estructura más cerrada, mientras que el relato se vincula, en general, a una forma más abierta.
Eso suelo decir, a modo de primera aproximación. Pero más allá de esa distinción —que quizá no diga demasiado por sí sola—, hay algunos puntos básicos que pueden ayudarnos a pensar el tema.Hay quienes sostienen que en el cuento tiene que pasar algo: que el protagonista debe enfrentarse a un dilema, atravesar un conflicto, incluso sufrir una transformación. El relato, en cambio, puede encontrar su potencia en un clima, un tono, una manera de mirar.A diferencia del relato, el cuento suele construirse en torno a un conflicto que organiza la trama, impulsa la acción y le da sentido al texto. Incluso cuando es fragmentario o experimental, suele haber una arquitectura narrativa, una unidad, una tensión interna que sostiene la lectura: algo que invita al lector a participar activamente, a anticiparse, a buscar señales.El relato, en cambio, puede prescindir de esa tensión. Puede apoyarse en una escena, una anécdota, una impresión. Puede —y suele— dejar cabos sueltos sin que eso represente un problema, y apoyarse más en la atmósfera que en el desarrollo, invitando al lector a dejarse llevar, sin la promesa de una resolución.Eso es lo que suele decirse, y lo que suelo decir yo mismo en taller cuando aparece esta pregunta.Y si bien entiendo que estas distinciones pueden ayudar a sentar algunas bases, a reconocer ciertas formas y a leer con mayor atención, no creo que convenga insistir demasiado en ellas cuando se trata de textos propios que están en pleno proceso de escritura.A veces pienso que quienes escribimos deberíamos escribir, simplemente, sin preocuparnos tanto por los rótulos. Dejar esas clasificaciones para después. O incluso para otros.Hacia el final de El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, la duquesa de Monmouth le pregunta a Lord Henry quién es en realidad.—What are you?Y él, con su habitual cinismo, responde:—To define is to limit.Definir es limitar.No tengo nada en contra de los límites —todo lo contrario: son una pieza clave del acto creativo—, pero también conozco su lado oscuro.En los días en que no me parece conveniente ahondar en la distinción entre cuento y relato, más que pensar en esos términos, prefiero pensar en términos de escritura. En narrativa, en prosa, e incluso en cosas.Cosas que uno, como escritor, quizá no quiera definir de antemano, porque tal vez en una segunda —tercera, cuarta— versión terminen tomando formas inesperadas. Formas a las que no convenga cortarle las alas antes de tiempo.Porque no sería la primera vez que algo que creemos que es un cuento termina siendo un relato. O que algo que parece tener todas las fichas para ser un relato se transforma, de pronto, en el primer capítulo de una novela. O que una novela en potencia, después de un trabajo casi bonsái —de poda cuidadosa y trasplante paciente—, acabe convirtiéndose en un cuento, un relato o incluso un poema.Entonces, ¿para qué apurarse a definir?Si nadie nos corre, ¿para qué restringir el impulso de escritura imponiéndole deliberadamente una forma al texto? Una forma que, tal vez, no sea la que el texto está pidiendo.Quizá sea mejor que el rótulo llegue después. O que no sea tarea nuestra, de quienes escribimos, sino de otros: editores, críticos, libreros, periodistas culturales, jurados, bibliotecarios. Personas que, por oficio, se ven obligadas a catalogar lo que tienen entre manos.Despojados de los rótulos, nosotros podríamos liberarnos de esa carga y dedicarnos, simplemente, a escribir. Que no es poca cosa.Al margen de las definiciones, dejar que la escritura fluya. Que vuele. Que sea lo que quiera —y lo que deba— ser. Aplazando, o incluso postergando indefinidamente, el momento del rótulo. Delegando la definición. Desentendiéndonos del límite.Tal vez así el texto revele formas que nos terminen sorprendiendo.En los talleres, este asunto es materia de trabajo. Hay textos que se resisten a las categorías, que no se dejan encasillar con facilidad. Y si tenemos paciencia, eso —lejos de ser un problema— puede convertirse en una oportunidad para explorar y descubrir modos propios de escribir.


Soy Facundo Gerez, escritor y coordinador de talleres de lectura y escritura.Hace más de ocho años, acompaño procesos creativos en todas sus fases.Si te interesa recibir textos como este y estar al tanto de las próximas actividades, dejame tu mail.

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